Lasuntay Film
🎬Filmar en el fin del mundo: Crónica de una resistencia cinematográfica en el Huaytapallana.
Por Leon Cáceres Torres Cineasta independiente peruano.
Filmar Lasuntay fue como invocar un sueño antiguo en medio del frío, el silencio y la
altura. No fue solo una película: fue una peregrinación, una lucha, un acto de
fe en el arte, en la memoria y en el espíritu de la montaña. Nos internamos en
las entrañas del nevado Huaytapallana y sus lagunas sagradas con lo justo —y a
veces con menos—, pero con el corazón encendido por una historia que necesitaba
ser contada. Desde el inicio supimos que no sería fácil. Subir cerros cargando
trípodes, cámaras, ropa de época, alimentos y termos de mate no es algo que te
enseñen en las escuelas de cine. Lo aprendimos a fuerza de pulmón y comunidad.
Cada jornada era una expedición. Las condiciones eran extremas: frío cortante,
cambios bruscos de clima, neblina que desaparecía el camino. Pero la imagen, el
encuadre, el sonido, lo valían todo. Uno de los momentos más duros fue cuando,
en plena grabación, una espina se clavó profundamente en el pie de Carmen Rosa
Galarza Ramos, actriz principal y compañera de vida. Su dolor fue inmenso, pero
no quiso detener la escena. Siguió adelante.
En sus ojos vi algo que no se
actúa: el verdadero sacrificio por el arte, la entrega total al personaje. Esa
escena terminó siendo una de las más poderosas de la película. Trabajar con
Fergi Párraga, una niña actriz tan talentosa como valiente, fue una bendición.
Su intuición, su resistencia, su energía contagiosa nos recordaban que estábamos
haciendo algo único. No hay dirección que reemplace lo que ella nos dio de sí
misma: verdad pura. El actor Ítalo Cáceres, pieza clave en el relato, demostró
una entrega total desde el primer día. Encaró un papel complejo, de profundas
raíces simbólicas, enfrentando no solo las exigencias físicas de las locaciones
agrestes, sino también la carga emocional del personaje. Ítalo caminó junto al
equipo por rutas difíciles, con frío en los huesos y tierra en los pies, pero
con firmeza en la mirada. Su capacidad para interiorizar el mito, para mirar al
abismo con humanidad, dio al film un equilibrio necesario entre fuerza y
vulnerabilidad. Fue más que un actor: fue un portador del mensaje profundo de
Lasuntay. Filmamos con equipos humildes pero potentes. Nuestra Canon XL1S,
reliquia del cine digital de los 2000, fue testigo silenciosa de muchas escenas
cargadas de simbolismo. Alternamos con la Blackmagic Production 4K, tecnología
moderna para capturar los detalles invisibles del paisaje: la vibración de los
pastos, el vuelo de un cóndor, el murmullo de las lagunas. Sonidos de la
naturaleza que grabábamos con paciencia y respeto, como si fueran diálogos
sagrados del entorno. Los manantiales de Tinyari, la laguna Lasuntay, los
antiguos caminos que cruzan el cuerpo del Huaytapallana, no fueron solo
locaciones: fueron personajes. Y en ese entorno místico, la mitología del dios
Huallallo no era fábula, era presencia. Sentíamos su fuerza entre las piedras,
su mirada en el viento. Pero no todo fue místico. También hubo pérdidas. La
pandemia del 2020 nos arrancó actores, colaboradores, amigos. Algunos animales
—perros, gatos— que acompañaban el rodaje también se fueron. Cada ausencia
dolía, pero al mismo tiempo nos empujaba a seguir. Porque Lasuntay también es
eso: una ofrenda a quienes ya no están, un testimonio de que resistir es crear.
Este cine que hacemos no es de guerrilla: es de montaña. Es cine que sube con la
espalda mojada, que baja con los pies rotos, que escucha los Apus y respeta las
señales. No hay productoras grandes, no hay catering, no hay aire acondicionado.
Hay voluntad. Hay amor. Hay historia. Y al final, contra todo pronóstico, lo
logramos: terminamos Lasuntay. No para el mercado, ni para los premios, sino
para la memoria. Porque contar desde los Andes es también un acto político, un
grito poético que no se rinde.
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